En el corazón galés del Valle del Chubut, un molino harinero de 1927 se convirtió en una de las mesas más lindas de la Patagonia: horno de barro, cocina a leña, cordero, trucha y pastas caseras con productos del valle, entre engranajes que todavía cuentan su historia.
Llegás a Dolavon por la Ruta 25 y el pueblo te recibe con álamos, canales de riego y ese silencio tranquilo de las chacras. En una esquina de la calle Maipú, un edificio de ladrillo guarda la memoria del trigo que hizo famoso al valle. Adentro huele a leña, a pan y a cordero dorándose despacio. Bienvenido a El Viejo Molino, la parada que convierte una visita al Valle Inferior en un viaje que se recuerda con el paladar.
Un molino con casi un siglo de historia
El molino empezó a moler en 1927, cuando el Valle del Chubut era tierra de trigales y los colonos galeses llevaban su cosecha a la ciudad. Durante unos veinte años trabajó a pleno, con jornadas de muchas horas, sacando harina, afrechillo y sémola. Cuando el cultivo de trigo dejó de ser negocio en la zona, sus máquinas se detuvieron.
Pero la historia no terminó ahí. El edificio se recuperó como atractivo turístico y hoy conserva la maquinaria original, que se puede ver de cerca y que, en algunas ocasiones, vuelve a ponerse en marcha para mostrar cómo se molía el grano. Comer rodeado de esas poleas, tolvas y correas de madera es como sentarse a la mesa con los pioneros del valle.
Qué se come: fuego, barro y productos del valle
La cocina de El Viejo Molino es de bodegón con alma de autor. El horno de barro y la cocina a leña marcan el ritmo, y casi todo lo que llega al plato sale de las chacras y productores de la zona. El borrego patagónico es una de las estrellas, igual que la trucha arcoíris, que suele aparecer acompañada de verduras asadas y salsas caseras.
Si sos de pastas, anotá: lasaña casera y ñoquis de remolacha, de esos que piden pan para la salsa. Para acompañar hay cerveza artesanal, tragos de autor y una buena selección de gin nacionales. Y si te queda lugar, dejate tentar por el postre: en el valle galés, lo dulce es casi una obligación.

Mucho más que un restaurante
Lo que hace especial a este lugar es la gente. El Viejo Molino funciona como una cooperativa impulsada por jóvenes del pueblo, que eligieron quedarse y apostar por su tierra. Esa energía se siente en el servicio, en la música y en el orgullo con el que te cuentan de dónde viene cada ingrediente.
Los sábados a la noche el molino se transforma: hay peñas folklóricas con música en vivo y el salón se llena de guitarras, charla y aplausos. Es el plan ideal si te quedás a dormir en el valle y querés vivir una noche bien de pueblo.
Cómo armar el día en el Valle Inferior
Dolavon está a unos 40 kilómetros de Trelew y a menos de 20 de Gaiman por la Ruta 25, así que es fácil sumarlo a un recorrido por el valle. Una opción: arrancá la mañana caminando por Dolavon, junto a los canales y las norias que recuerdan el sistema de riego de los colonos; almorzá en El Viejo Molino y por la tarde seguí hacia Gaiman para el clásico té galés. Si venís de Puerto Madryn, en temporada podés combinarlo con la pingüinera de Punta Tombo o con las toninas de Playa Unión en otro día de tu estadía.
Para planificar tu viaje
- Dónde: Maipú 61, Dolavon, Valle Inferior del Río Chubut, Chubut.
- Cómo llegar: por Ruta Nacional 25 desde Trelew (unos 40 km) pasando por Gaiman. Trelew tiene aeropuerto y terminal de ómnibus.
- Cuándo ir: todo el año. La primavera y el verano son ideales para recorrer el valle verde y con días largos.
- Duración sugerida: unas dos horas para comer tranquilo y recorrer el molino.
- Horarios: abre de miércoles o jueves a domingo, al mediodía, y los sábados también a la noche. Confirmá el horario al reservar.
- Reservas: los lugares son limitados, sobre todo los fines de semana: reservá con anticipación.
- Qué llevar: ganas de comer rico, cámara para el molino y algo de abrigo para la noche del valle.
Hay lugares que se visitan y lugares que se saborean. El Viejo Molino es de los dos: un pedazo de historia galesa que sigue vivo gracias al fuego, al barro y a una generación que decidió que el valle tiene mucho para dar. Vení con hambre y sin apuro.
Foto: Patagonia Experiencias.


